Fin de año en NY

historietas de este tiempo que no dan para un libro, pero sí para un aperitivo. Que lo disfrutéis.

Sólo abrir la puerta de la suite el ambiente cambió completamente. Lo que había sido una cena de fin de año entre amigos se transformó en la excitación sexual contenida durante tanto tiempo. Yo me deslicé rápidamente, sin una palabra, a mi cuarto y Javier y Mr. Clifford se quedaron en la sala de la suite.

Javier le sirvió un wisky con hielo a Mr. Clifford, pero no se cruzaron palabra. La noche había sido larga, las bromas ingeniosas, la comida exquisita y las bebidas abundantes. Al ver caer la bola que marcaba el año nuevo nos habíamos besado y abrazado y yo no había dudado en apretar mi cuerpo contra el de Mr. Clifford en lo que era una promesa de futuros placeres.

En aquel momento nuestras mentes bullían con fantasías de qué sería lo que la rusita perversa le había preparado. Yo regocijándome en el placer que sabía que le proporcionaría, ellos curiosos e indefensos, pero deséandolo fervientemente. Tanto, que no podían ni articular palabra, y ambos sorbían sus bebidas sin contemplar las vistas de la suite, concentrados en su deseo.

Me tomé mi tiempo para deshacerme del vestido y darme una rápida ducha para refrescarme. También yo estaba excitada, pero necesitaba distanciarme para serenarme. Al salir desnuda de la ducha colgué el elegante y delicioso vestido de la noche, lleno de sugerentes transparencias y que revelaba más que tapaba mis curvas. El chal y el bolso quedaron tirados mientras me concentraba en mi nuevo atuendo.

Dispuse sobre el lecho las prendas y procedí a perfumarme suavemente para que mis flujos no me delataran de inmediato. No podía dejarme arrastrar por mi propia excitación, pese a que mis muslos se empecinaban en restregarse el uno contra el otro adelantándose al momento.

El corsé de seda negra se enfundó en mi piel con un tacto satinado y fresco que me ayudó a relajarme un tanto, pero la imagen que conformaba en el espejo me volvió a excitar en exceso.

No, ahora tenía que relajarme, me dije. Abroché los corchetes mecánicamente a mi espalda y me coloqué los pechos adecuadamente para que sobresalieran sobre el corsé simétricos. Al rozármelos casi ni pude contener un gemido y desistí de rozarme siquiera los pezones o me habría perdido completamente.

Las medias fueron un suplicio, especialmente cuando noté cómo me acariciaban las piernas y yo las situaba correctamente para que la costura vertical, aquella línea más oscura, quedara exactamente detrás. Acariciarlas alisándolas casi me hace empezar a gotear el sexo, por lo que fui rápida y eficaz. Até los corchetes de las ligas del corsé a las medias con delicadeza, casi evitando tocar mi piel por miedo.

La diminuta tanga negra transparente la subí rápidamente y la encajé sin detenerme a pensar o mirar. Encima puse una braga coulotte de encajes que dejaban adivinar mi piel más que vestirla.

Evité mirarme al espejo antes de calzarme los zapatos de un negro brillante con tacones de vértigo y, tomando el negligé de un tono ligeramente oscuro pero transparente, me lo enfundé y procedí a mirarme al espejo.

Debía ser el efecto del alcohol o la excitación contenida durante tanto tiempo, aunque debo admitir que la mirada de depredador de Mr. Clifford y la de deseo de Javier también influían, pero el caso era que casi me corro al contemplarme al espejo. Mis pezones duros como rocas destacaban claramente, las aureolas oscuras y los labios del sexo inflamados delataban mi estado de excitación. Mejillas arreboladas, pero no podía esperar a salir y dejarles que me admiraran.

Respiré profundamente tres veces y me senté ante el espejo para anudarme el cabello en un moño alto. Sin maquillaje, tomé el salto de cama de tul transparente y mientras me lo ponía fui hacia la puerta. De nuevo, tuve que pararme ante ella y tratar de regularizar mi respiración.

Escuché para oir sus voces, pero seguían en silencio, así que me armé de valor y puse la mano en el pomo de la puerta y abrí con decisión adoptando la pose de rusa marcial mientras con la otra mano sostenía las esposas con protección de terciopelo rosa y me adentraba en la sala.

Ambos se atragantaron con la bebida cuando me vieron. Yo paseé, segura, intimidante, hasta el centro de ambos y me giré hacia Mr. Clifford.

—Prometí un regalo de fin de año, y creo que no le decepcionaré. Javier, ¿acercas una silla? — Detrás de mí oí cómo dejaba la bebida y se acercaba a nosotros, depositando una silla tras Mr. Clifford. Yo esperé, quieta, dejándome admirar por sus incrédulas miradas. Sonreí al saberme poderosa. Al saber que tenía el control. En ese momento ninguno de los dos me habría podido negar nada. Pero no pedí, no hablé. Simplemente, esperé.

Mr. Clifford, sin despegar su mirada de mí, se sentó obediente pese a que yo no había dado ninguna orden. Su mirada era de depredador, pero a la vez estaba expectante, incluso con un aire burlón. Deseo, oh, sí, un claro deseo, pero sin perder el control. Creyendo que todavía mantenía algún control de la situación y que por mucho sexo que le ofreciera no conseguiría doblegarlo. Me creía suya. La erótica del poder y todas esas gilipolleces. Seguro que creía que esa noche me tendría y ya se regodeaba en el placer anticipado.

Me acerqué a él y dejé reposar mis manos en sus hombros del traje a medida, las deslicé sensualmenet por sus brazos y le tomé la copa, que pasé a Javier, quien la dejó a un lado. La mezcla de mi suave perfume y mi olor a sexo nos envolvió y pude notar cómo se le dilataban las aletas de la nariz mientras su frente empezaba a brillar por el sudor que no podía reprimir.

Le rodeé contoneándome, dejando que me admirara, mientras tomaba sus brazos y le ataba las muñecas al respaldo de la silla. Aquellas ridículas esposas rosa escondían un artilugio que le impediría moverse cuando se descontrolara, aunque creo que el mensaje claro de que lo quería quietecito lo refrenó más que las esposas.

Volví ante él y dejé que me admirara a placer. Mis manos recorrieron mi figura y noté cómo se lamía los labios buscando humedecer su boca en un acto incontrolado de deseo. Detrás, Javier, se limitaba a mirar mientras daba cortos sorbos a su bebida, yo lo controlaba por el sonido de los hielos.

Mi mirada se clavó en aquellos ojos acerados y duros de Mr. Clifford y dejé de sonreir. Empezaba la función, y no iba de sonrisas, sino que era una lucha de poder. Mi poder contra su deseo. Al abrir el salto de cama y dejarlo deslizarse por mis hombros y brazos al suelo su respiración empezó a acrecentarse, pero nuestros ojos continuaron clavados en los del otro.

Quitarme el negligé era más difícil, como mínimo con elegancia, pero conforme descubría mis muslos para él me di cuenta de cómo incrementaba su deseo. Cuando los muslos dieron paso al monte venus no pudo dejar de fijarse en él y perdimos el contacto visual por un momento. Su respiración ocultó un ligero jadeo. Pero yo continué la ascensión de la prenda y vi cómo el descubrir el corsé le hizo latir el corazón acelerado. Cuando me lo alcé sobre la cabeza y vio mis axilas su deseo se disparó. Yo lancé el negligé lejos de mí y le di tiempo a contemplarme de nuevo.

Sin música. No hacía falta. Las dos aceleradas respiraciones eran mi música. El corsé, las ligas, las medias y las dos braguitas, junto con los zapatos de tacón y mi carne, eran la orquesta esa noche.

Bajé los dedos a los laterales y fui descendiendo las bragas coulotte de encaje por mis muslos. Cuando superaron las caderas, simplemente, cayeron al suelo en silencio. Un paso y un pie quedó libre de las bragas, pero el otro se alzó arrastrándolas y fue a parar a la silla, entre sus piernas abiertas. El prominente bulto drestacaba en su vientre y mi movimiento dejó las bragas en su entrepierna. El zapato de tacón avanzó ligeramente y él se vino adelante buscando el contacto. Alcé la punta larga y brillante de negro del zapato de tacón imposible y presioné su vientre restregando las bragas contra su pantalón.

Una mancha húmeda empezó a extenderse por su interior mientras trataba de reprimir un jadeo en su ahora acelerada respiración, pero mi mirada clavada en la suya no se alteró un ápice. Como si ni me hubiera enterado de su corrida, seguí mirándole duramente, sin sonreir.

Mi pie volvió a su posición inicial, abandonándole, dejando la braga todavía en su vientre, y le di la espalda. Abrí ligeramente las piernas para que contemplara mis glúteos. Mis dedos tomaron las tiras de la tanguita minúscula y transparente y las alzaron antes de descender por mis caderas. La presión del triángulo en mi sexo me produjo un torrente de flujos. Me incliné sin flexionar las rodillas y fui, lentamente, deslizando las tiras por mis muslos. Inicialmente bajaron sin resistencia, hasta que dieron al máximo de sí y empezaron a arrastrar la telita transparente del diminuto triángulo.

La tela empezó a deslizarse como depegándose de mi inflamado y empapado sexo, dejando hilos de humedad y revelando claramente mi excitación. El olor a mi flujo inundó la habitación y noté cómo aspiraban con deleite. La tela fue desplegándose y retirándose de mí, empapada, pesada, hasta que el trianguloto quedó colgando y lo dejé caer al suelo.

Me volví hacia Mr. Clifford, ahora ya no con mirada de depredador sino de loco. Alcé un pie y recogí la tanga mientras le mostraba claramente mi inflamado, rezumante y apestoso sexo. Me acerqué más a él y le encajé la tanga en la cabeza para que mis olores le empaparan. Su boca buscó el triangulito de tela y lo lamió hasta poderlo devorar, llenándose de mí.

Me incliné sobre él, aplastando su frente entre mis pechos, sosteniéndome todavía con las piernas rectas, cuando noté a Javier tras de mí. Su sexo me empaló de una sola estocada, partiéndome y lanzándome todavía más sobre Mr. Clifford y todos jadeamos a un tiempo. Noté cómo se abría en mi interior, en mi preparado interior, hasta el fondo, y entonces retrocedía y me clavaba de nuevo. Mis pechos se sacudieron sobre Mr. Clifford, abofeteándole. Me sostuve en los brazos de la silla y le dejé buscarlos mientras yo me perdía en las embestidas de mi marido.

No podía durar mucho, era demasiada la excitación contenida, y pronto me embistió a fondo y me dejé llevar por un tremendo orgasmo que me derrumbó sobre Mr. Clifford mientras él me sostenía de las caderas derramándose en mí.

Estuvimos así un buen rato, yo rebufando en el oído de Mr. Clifford, hasta que Javier salió de mí y noté cómo su simiente goteaba entre mis muslos.

Fue Javier quien desató a Mr. Clifford, que salió de debajo de mí, tomó su abrigo cubriéndose y nos dejó solos esa primera noche del año.

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